Política y Estado: ¿contra, con o sin?

Extracto del artículo “Zapatisme: la rebellion qui dure” de Bernard Duterme

https://www.cetri.be/Zapatisme-la-rebellion-qui-dure

Al mismo tiempo “identitaria, revolucionaria y democrática”, la rebelión de los indígenas zapatistas de Chiapas lucha “por la dignidad” y “contra el capitalismo”. Veinte años después de la insurrección del 1 de enero de 1994, ella sigue ahí, obstinada y evolucionando en su perfil y su relación con la política. Sin embargo, el contexto no le conviene. Y la « autonomía de facto » que construye sobre el terreno asombra tanto por su celo como por su precariedad. … [El extracto del artículo inicial de Bernard Duterme, sociólogo, director del Centro Tricontinental de Bruselas, especialista y simpatizante de la rebelión zapatista desde su aparición en 1994] evoca dos cuestiones clave en el debate sobre el zapatismo, las fuentes de controversia y la de lo que se refiere precisamente al sentido y destino de la rebelión. El primero se refiere a la relación del EZLN con la política, su concepción del Estado y las vías preferidas de cambio social. El segundo se refiere a la fecundidad y la viabilidad – social, política, económica… – de las experiencias de autogobierno zapatista en curso en las áreas de influencia de la rebelión.

Política y Estado: ¿contra, con o sin?

La relación del EZLN con la política y los caminos de cambio social propiciados por la rebelión también han evolucionado significativamente en los últimos veinte años. Esencialmente de acuerdo con los vaivenes, avances y desengaños del equilibrio de poder con el poder mexicano, pero también de acuerdo con el respondiente (o no respondiente) de las izquierdas sociales y políticas nacionales, del diálogo con los progresistas, marxistas. intelectualidad o indgenista, y el eco internacional de las distintas formas de lucha zapatista. Claramente, el EZLN ha pasado así, en dos décadas, del predominio de una tendencia más « estatista » al predominio de una tendencia más « autonomista ».

El primero, centralizador y de inspiración marxista-leninista en el presente caso, establece una relación jerárquica entre partidos políticos (arriba) y movimientos sociales (abajo), y tiene como objetivo, si no el derrocamiento o la conquista del poder estatal, al menos la expresión partisana de las luchas, condición para la eficacia política, « desde arriba », de las movilizaciones sociales. El segundo, más horizontal e inspirado en un anarco-unionismo y libertarismo, rechaza la idea de delegación -separación, renuncia, concentración- del poder y por tanto cualquier forma de mediación o representación instituida. Favorece la “territorialización” y el desarrollo de prácticas de autogestión, “desde abajo”, hic et nunc. Uno procede en nombre de una cierta fetichización de la « supremacía estatal », el otro de la « pureza del social ».

En constante esfuerzo – ¡y vital! – de reformulación de la agenda política de la rebelión según las « ventanas de oportunidad » que se abren y cierran, el EZLN también pasó, paralelamente a este giro estatista-autonomista, del ideal revolucionario inicial « por el socialismo » en México, al Enero de 1995 llama a la creación de un « Movimiento de Liberación Nacional », luego a la afirmación y defensa de la « dignidad indígena », o nuevamente, en la década de 2000, a la creación de redes de resistencias « anticapitalistas », « en la parte inferior izquierda », en el territorio nacional y más allá . El « rechazo » a la conquista, militar o electoral, del poder estatal y el giro autonomista del EZLN deben ser, por tanto, considerados más como resultado de un desarrollo táctico o como un resultado circunstancial, incluso accidental, que como un posicionamento « ideológico » en sí mismo « del zapatismo. Contrariamente a cualquier perspectiva esencialista, Daniel Bensaïd tenía razón: “los zapatistas dicen que no quieren lo que, en cualquier caso, no pueden lograr. Es hacer virtud de la necesidad.” (2003).

Amaury Ghijselings, activista belga antiglobalización que participó de la Escuelita zapatista en Chiapas en enero de 2014, resume la evolución de la estrategia de transformación social del EZLN en tres palabras: “contra, con, sin” (Ghijselings, 2014). Después de la alocada declaración de guerra de 1994 « contra » el ejército y el poder mexicanos, comenzó un turbulento período de diálogo. « Con » lo político, gubernamental y partidista, luego en la estela, frente a los fracasos y callejones sin salida de estos dos caminos, el momento de la retirada y la construcción de « autonomía de facto » en las comunidades indígenas, « sin » ningún contacto posterior con el establecimiento, ni ayuda oficial o intervención de ningún tipo.

La desconfianza zapatista de la política y el poder como instrumentos determinantes de la revolución social es, por tanto, en última instancia sólo relativa: por un lado, porque va acompañada, en la cabeza de la rebelión, de un reafirmado apego a los conceptos de soberanía e independencia nacional frente a de los intereses capitalistas e imperialistas supranacionales; por otro lado, porque sobre el terreno, “la experiencia de los ‘Consejos de buen gobierno‘ es la sorprendente confirmación de la preocupación por construir otras modalidades de organización política”, a saber, “formas de autogobierno en las que la separación entre gobernantes y gobernado se reduce en la medida de lo posible « pero no elimina ninguna » verticalidad « o relación de poder entre autoridades y ciudadanos y, menos aún, entre el EZLN como estructura político-militar y las  » bases de apoyo  » zapatistas (Baschet, 2014) .

Viabilidad del autogobierno zapatista

Por necesidad, el ejercicio de la « autonomía de facto« , no reconocida legalmente, en las áreas de influencia de la rebelión ha sido, por tanto, el corazón de la lucha zapatista desde hace más de diez años. Escuchando a los profesores indigenos de la Escuelita en enero de 2014, el autogobierno rebelde se refiere tanto al método como al propósito de su lucha. Es tanto el lugar de experimentación práctica y « de abajo hacia arriba » de su proyecto de transformación social como el laboratorio de su emancipación política y cultural. En el glosario zapatista, « autonomía » ahora significa « libertad« . “No hay verdadero empoderamiento que no sea auto empoderamiento. (…) La experiencia nos invita a redescubrir (…) este principio tan elemental como decisivo: somos capaces de gobernarnos a nosotros mismos” (Baschet, 2014).

Sin embargo, ¿es viable el conjunto? En un contexto económico, político y militar todavía hostil, ¿la dinámica zapatista está en condiciones de ganar terreno o, más modestamente, de reproducirse, de durar aún más … por el bienestar de sus primeros protagonistas en un cotidiano, los pies en el barro, la cabeza y las manos para trabajar? Dos preguntas más precisas circularon en Chiapas en el marco de las celebraciones del décimo aniversario de los « Consejos de buen gobierno » y del vigésimo del levantamiento armado: « son los zapatistas más o menos numerosos que en 1994″ y  » ¿viven ellos mejor? « . Considerado « demasiado cartesiano » o « Típicamente occidentales » para algunos, estas dos preguntas han recibido, sin embargo, diversos elementos de respuesta, a veces contradictorios, incluso dentro de las filas zapatistas y entre los observadores « zapatisantes »[1].

El Subcomandante Marcos respondió por primera vez, con anticipación, ya en diciembre de 2012. Básicamente: « sí, somos más fuertes que antes y sí, estamos viviendo mejor ». Como él, los maestros y familiares de la Escuelita zapatista en enero de 2014 subrayaron el vigor, determinación y resistencia de la dinámica, sus avances en la “dignidad” y sus logros concretos en el reparto del poder, la educación, la salud., En la justicia, en la igualdad entre hombres y mujeres, en actividades productivas y comerciales. También reconocieron y explicaron, como Marcos, « muchos errores y muchas dificultades ». Tampoco ocultaron que era « duro, exigente … », que era necesario « tener paciencia para que mejoraran las condiciones materiales », aunque « no era lo más importante »., Que había habido « retiros, disidentes, descontentos, jóvenes que no resistieron a las tentaciones del pueblo vecino, a los obsequios del gobierno, la emigración a Estados Unidos … « , pero que también hubo “nuevos que se unió a nosotros”.

Sin embargo, ninguna o pocas cifras sobre el número real de zapatistas que viven hoy « en autonomía ». La periodista Laura Castellanos, quien cuenta con « una fuente confiable cercana a la organización », anuncia « más de 250.000 » que habitan los veintisiete « Municipios Autónomos Rebeldes – MAREZ » que aún contamos en los cinco Caracoles zapatistas, es decir, un 22% de la población indígena de Chiapas (El Universal, 2 de enero de 2014). Otros observadores, no menos sensibles a la causa, hablan de 150.000, o incluso 100.000 rebeldes como máximo (incluso en las fuertes anclas de la rebelión, ningún municipio puede pretender ser 100% zapatista). La mayoría admite en todo caso que el movimiento registró importantes deserciones, individuales o colectivas, en particular en las comunidades « que ingresaron al zapatismo poco antes o inmediatamente después de 1994, impulsados por el temor a quedar atrapados en el fuego cruzado o por la esperanza de una rápida victoria » Y que “abandonaron el zapatismo con mayor facilidad porque no habían vivido todo el proceso de politización” (Aquino Moreschi, 2014).

Poco analizado como tal y apenas mencionado por los propios zapatistas en los cuatro « manuales » de la Escuelita zapatista dedicados al « Gobierno autónomo », la viabilidad económica de los Caracoles y su carácter « anticapitalista » plantea claramente un problema: autosuficiencia agrícola muy poco diversificada, falta de tierra en una parte no despreciable de los municipios rebeldes, flagrantes deficiencias en equipamiento e infraestructura, independencia frente al Estado pero dependencia de una flotante solidaridad internacional y frágiles canales comerciales alternativos, inserción ambivalente en los mercados locales y regionales … Todo ello, sumado a la inyección masiva de capital de « asistencialistas » de las autoridades gubernamentales en pueblos no zapatistas, al clima deletéreo de hostigamiento militar o paramilitar que continúa prevaleciendo en diversos grados, así como a las tensiones y conflictos intercomunitarios (en particular, la continua ocupación de tierras zapatistas por otras organizaciones sociales indígenas, más o menos guiadas por las autoridades), hipoteca el futuro mismo del autogobierno rebelde.

¿Rebelión medio perdida o medio ganada?

Al relativo aislamiento político del zapatismo y su insignificante pero simbólico peso militar, es necesario, por tanto, sumar la vulnerabilidad social y económica de la rebelión en el contexto actual de Chiapas. Contexto caracterizado, quizás más que nunca, por la “extraversión” del modelo de desarrollo dominante, al frente del cual grandes inversiones privadas, nacionales y transnacionales (minería, autopistas, turismo, agroindustria, gas, silvicultura, etc.), evidentemente ha suplantado al Estado local como principal adversario de los intereses vitales y territoriales de las diversas organizaciones sociales indígenas chiapanecas, entre ellas la zapatista. En este sentido, el equilibrio de poder no es menos desigual que hace poco más de dos décadas, el 1 de enero de 1994.

Entonces, ¿rebelión medio perdida o medio ganada? Insurgentes por « democracia, libertad y justicia », los encapuchados Chiapas ciertamente no han logrado reformar la Constitución, descolonizar las instituciones, democratizar verdaderamente el país, ni siquiera afianzarse en la escena política mexicana, pero, tanto a nivel local, a nivel nacional e internacional, habrán dotado a las luchas campesinas e indígenas por la redistribución y la autonomía de una visibilidad y alcance sin precedentes (Duterme, 2004 y 2009). Y pretenden seguir influyendo en el equilibrio de poder y las elecciones de la sociedad, en un México bloqueado políticamente y abierto de par en par a los vientos devastadores de la economía globalizada. El zapatismo participa así plenamente en estos movimientos indígenas que, en América Latina, de la base a la cúspide, demuestran – frágiles – que la movilización por el respeto a la diversidad no implica necesariamente tensión identitaria y que puede ir de la mano. lucha por la justicia social y el estado de derecho. El reconocimiento mundial, aunque evanescente, de sus méritos nutre y se nutre su dignidad recuperada.


[1] Simpatizante del neo-zapatismo

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