Del sindicalismo revolucionario al anarcosindicalismo: El nacimiento de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT)

Arthur Lehning

Conferencia pronunciada en el Congreso sobre Anarcosindicalismo organizado por el Instituto di Storia Contemporánea del Movimento Opéralo e Contadino, Ferrara, 1977

Antes de la primera guerra mundial, el sindicalismo revolucionario se asimilaba en buena medida al de la CGT francesa, considerada de algún modo como un modelo para varias organizaciones de otros países, todas las cuales aprobaban la actitud neutral o negativa que justificaban los partidos políticos y, por consiguiente, la Segunda Internacional, fundada en 1889. Pero cuando se planteó la cuestión de la organización internacional del propio sindicalismo revolucionario, aparecieron importantes divergencias tácticas entre la CGT francesa y la mayoría de los sindicalistas extranjeros.

Bajo la influencia ideológica del anarquismo y de los esfuerzos directos de los anarquistas, en especial de Pelloutier, el sindicalismo francés ejercerá, de 1892 a 1895, un ascendente antiautoritario y autónomo, antiparlamentario, antimilitarista, antipatriotista. Lo que pretendía Pelloutier era sustraer al movimiento obrero de la influencia y el acaparamiento de los partidos políticos. Según Pouget, el redactor del periódico de la CGT francesa  La Voix du Peuple, esa influencia ideológica anarquista impidió la toma de los sindicatos por los guesdistas [Partidarios de Jules GUESDES, leader del Partido Obrero, de orientación marxista] . Pero cuando, en 1909, Jouhaux se convirtió en uno de los principales dirigentes de la CGT francesa, se instauró en su seno la lucha de tendencias.

La CGT francesa estaba afiliada al Secretariado de Berlín. Creado en 1903 para facilitar y coordinar los contactos internacionales entre sindicatos reformistas, dicho Secretariado no era otra cosa que una simple oficina de información, cuyas funciones aseguraba la Oficina central de la Allgemeine Deutsche Gewerkschafts Bund bajo la dirección de Carl Legien. A las conferencias internacionales no asistían más que los dirigentes de los sindicatos asociados, que no discutían en ellas más que de asuntos técnicos, descartando todo problema teórico que pudiera amenazar con llevarles al terreno político, reservado en exclusiva a los partidos socialdemócratas.

Ni la CGT francesa ni el National Arbeids Secretariaat holandés (la primera central sindical de Holanda, de tendencia sindicalista, que había sido fundada en 1893 y cuyo principal animador era Christian Cornelissen ), tenían la menor influencia en el Secretariado. En las conferencias, Legien, el secretario permanente e influyente en la organización de los sindicatos alemanes, se negaba a incluir en el orden del día los asuntos que proponía la CGT francesa, especialmente el antimilitarismo y la huelga general. Esa fue la causa de que los franceses se abstuvieran de hacerse representar en las conferencias de 1905 y 1907; por su parte, los holandeses abandonaron el Secretariado en 1907. En la conferencia de 1909, la CGT francesa propuso organizar un verdadero congreso, que tendría por objeto examinar las cuestiones generales de la lucha sindical. Su propuesta fue rechazada.

A pesar de ese nuevo fracaso, siguió adherida a la Oficina de Berlín, cuando, en febrero de 1913, el NAS —sostenido por la Industrial Syndicalist Education League de Inglaterra— propuso convocar un congreso internacional para sentar las bases de una Internacional revolucionaria sindicalista, la CGT francesa se declaró totalmente opuesta a ello. Precisando los motivos de esa actitud negativa, Pierre Monatte resumió claramente bajo qué perspectiva consideraba la CGT francesa el asunto: «Para nosotros, en Francia, preocupados por realizar la Internacional sindica! a base de verdaderos congresos internacionales de sindicatos, una Internacional en la que sabemos perfectamente que estaremos en minoría, pero que será la verdadera Internacional obrera, ¿no creen ustedes que tenemos algún fundamento para preguntamos si nuestra participación en un congreso sindicalista y en un secretariado sindicalista no nos hará volver la espalda a la gran finalidad que nos hemos fijado?»

 A las demás organizaciones sindicalistas, la cuestión se Ies plantaba, evidentemente, de modo muy distinto. Las tendencias que en Francia se enfrentaban únicamente en el seno de la CGT francesa, en Holanda o en Alemania cristalizaban en organizaciones diferentes y netamente opuestas entre sí. En 1913, una corriente sindicalista «revisionista», para la que a CGT francesa era esencialmente un instrumento de lucha en el marco de la sociedad existente, se había implantado ya firmemente en la Confederación y el ejemplo de los poderosos sindicatos alemanes contribuía a reforzarla; y si sindicalistas revolucionarios como Monatte se rebelaban contra una Internacional sindicalista, ello se debía también a que temían que su fundación entrañase la escisión en la CGT francesa, poniendo así en peligro la unidad de la clase obrera francesa.

Así pues, los sindicalistas revolucionarios se reunieron en Londres, del 27 de setiembre al 2 de octubre de 1913, sin la CGT francesa. Entre las centrales sindicales más importantes figuraban la Unione Sindícale Italiana, representada por Alcéste de Ambris , con mucho la organización más fuerte de las allí representadas, el Sveriges Arbetrares Central-organisation, en la persona de Albert Jénsen; el NAS holandés; y la Freie Vereinigung Deutscher Gewerkschaften, cuyo delegado era Fritz Kaler. En total, 38 delegados que representaban a 65 federaciones o centrales sindicales de Argentina, Austria, Bélgica, Brasil, Cuba, Inglaterra, Alemania, Holanda, Italia, Polonia, España y Suecia.

Además de la ausencia de la CGT francesa —cuatro organizaciones locales francesas (la Seine / Paris, Tourcoing-Roubaix, Lille, Vichy), opuestas igualmente a la fundación de una nueva Internacional, se hicieron representar en Londres—, señalemos la abstención de los Industrial Workers o f the World. Sin duda, la defectuosa preparación del congreso influyó mucho en ello; pero los americanos se mostraban también apegados a la ficción de que ellos constituían una Internacional. La mayor parte de los delegados presentaron informes, por escrito u oralmente, sobre el estado del movimiento sindicalista en sus respectivos países. El congreso, que no careció de incidentes, no consiguió plenamente su finalidad, pero se adoptó una especie de declaración de principios concebida en los siguientes términos:

«El Congreso, reconociendo que la clase obrera de cada país padece la esclavitud del sistema capitalista y estatista, se declara a favor de la lucha de clases, de la solidaridad internacional y de la organización independiente de las clases obreras basada en la asociación libre.

Esta organización tiene como finalidad el desarrollo material e intelectual inmediato de las clases trabajadoras y, en el futuro, la abolición de tal sistema.

El Congreso declara que la lucha de clases es una consecuencia inevitable de la propiedad privada de los medios de producción y de distribución, y preconiza la socialización de dicha propiedad y el desarrollo de los sindicatos en organizaciones productoras, aptas para tomar a su cargo la dirección de la producción y de la distribución.

Reconociendo que los sindicatos internacionales no alcanzarán esa finalidad más que cuando dejen de estar divididos por diferencias políticas y religiosas, declara que la lucha tiene un carácter económico tal que excluye toda acción ejercida por corporaciones gobernantes o por los miembros de esas corporaciones y depende enteramente de la acción directa de los trabajadores organizados.

En consecuencia, el Congreso llama a los trabajadores de todos los países a fin de que se organicen en uniones industriales independientes y se unan sobre la base de la solidaridad internacional con vistas a obtener su emancipación y liberarse del dominio capitalista y estatista.»

Este texto, del que Alfred Rosmer decía que «no es de una claridad deslumbradora», contiene, empero, tres elementos que encajan en la declaración de principios de la Asociación internacional de Trabajadores:

–        La destrucción, no sólo del capitalismo, sino también del Estado;

–        la transferencia a las organizaciones económicas de la administración de la producción y de la distribución;

–        la acción directa, que excluye cualquier acción política.

El Congreso de Londres fue el primer intento de darle una forma organizada al sindicalismo revolucionario internacional, aunque sus resultados hubiesen sido limitados. Los alemanes, que proponían la fundación de una Internacional sindicalista, resultaron ser minoritarios a pesar del apoyo del NAS. Además de tomar en consideración la posición de la CGT francesa, opinaban que no era el momento oportuno para alentar la creación de una organización cuyas fuerzas no podrían por menos que ser reducidas, y se limitaron a fundar una oficina de información con sede en Holanda. Si bien el Congreso no produjo todos los resultados esperados, al menos rechazó algo que se deducía de la actitud cegetista: que las minorías sindicalistas no francesas debían, en principio, tratar de introducirse, para controlarlo, en el movimiento reformista de sus países respectivos.

El Congreso decidió publicar un Bulletin International du Mouvement Syndicaliste, cuyo primer número apareció en abril de 1914. Su principal redactor fue Cornelissen, uno de los más notables participantes del Congreso, quien ya había redactado un Boletín cuya publicación se decidió a raíz del Congreso anarquista internacional de 1907, en una reunión especial de los sindicalistas revolucionarios presentes. Para 1915 estaba previsto un nuevo congreso sindicalista, en Ámsterdam.

Ni que decir tiene que la guerra no sólo impidió la reunión de tal congreso, sino que además interrumpió todas las relaciones que había llegado a establecer la oficina holandesa. El NAS trató inútilmente de reanudar las relaciones internacionales, pero hubo que esperar hasta comidos de 1919 a que representantes sindicalistas de Noruega, Suecia y Dinamarca, puestos de acuerdo sobre la necesidad de convocar un nuevo congreso internacional, solicitaran del NAS que lo organizase en julio o agosto de ese año. Toda clase de dificultades impidieron el éxito del congreso, que se redujo, por así decir, a un intercambio de opiniones entre holandeses y alemanes.

Estos últimos crearán, a finales de diciembre de 1919, la Freie Arbeiter Union Deutschlands, cuyo portavoz con más audiencia será Rudolf Rocker. El Congreso constituyente reclamó, una vez más, la fundación de una Internacional sindicalista y se declaró al mismo tiempo solidario de la República soviética de Rusia. Pero ambas posiciones no tardaron en resultar incompatibles.

El lector excusará que no describa en esta ocasión detalladamente la actividad de las distintas organizaciones sindicalistas durante la primera guerra mundial y el periodo revolucionario derivado de ella, aunque, de haberlo hecho, este informe ganaría en precisión: debo limitarme a las relaciones internacionales de esas organizaciones sindicalistas. No obstante, vamos a dar un vistazo a la situación con que se veían enfrentados los sindicalistas revolucionarios a comienzos de 1920.

La revolución aparecía tenida en jaque en varios países europeos, pero la situación aún no estaba resuelta. En Rusia, el nuevo poder se mantenía desde hacía ya más de dos años. Las organizaciones sindicalistas habían conocido una afluencia considerable de adherentes y en algunos países formaban organizaciones de masa que englobaban a gran parte del proletariado revolucionario. Por otro lado, en Francia se anunciaba una reagrupación de fuerzas, estando a punto de disgregarse la antigua CGT francesa; en otros lugares, se dibujaba una diferenciación entre comunistas y sindicalistas, en ocasiones en el interior mismo de los sindicatos revolucionarios.

Este proceso, surgido de un modo divergente de abordar problemas concretos planteados por las condiciones específicas de cada país, fue acelerado, a partir de marzo de 1919, por la fundación de la Internacional comunista. En su Plataforma, ésta declaraba querer «realizar un bloque con aquellos elementos del movimiento obrero revolucionario que, aun no habiendo pertenecido anteriormente al partido socialista, se sitúan ahora en todo y para todo en el terreno de la dictadura proletaria en su forma socialista, es decir, con los elementos correspondientes del sindicalismo»  Este deseo se acentuó aún más cuando, en julio, los sindicatos reformistas fundaron la Federación sindical internacional, denominada la Internacional de Ámsterdam o Internacional esquirol.

En aquel entonces, los sindicalistas no se oponían, en principio, a las propuestas de Moscú. La Rusia revolucionaria contaba con todas sus simpatías. Pensemos por un momento cuál era la situación en Rusia en 1919. Aunque el partido bolchevique estaba en el poder, la fase revolucionaria no había concluido. Amenazado al norte por la intervención de los Aliados, al este por Kolchak, al sur por Denikin y Wrangel, el gobierno soviético dejaba cierto margen de libertad a las organizaciones revolucionarias no bolcheviques, a los socialistas revolucionarios de izquierda, a los maximalistas, a los sindicalistas, a los anarquistas. El cordón sanitario contra el nuevo régimen hacía que se conociese mal la situación interna de Rusia, y la revolución en lucha con la contrarrevolución hallaba defensores entre los revolucionarios de todo el mundo.

Lo mismo que la FAUD, la Confederación Nacional del Trabajo expresaba en diciembre de 1919, en el Congreso de la Comedia, su punto de vista en los siguientes términos: «El Comité nacional, como resumen de las ideas expuestas acerca de los temas precedentes por los diferentes oradores que han hecho uso de la palabra en el día de hoy, propone: Primero, que la CNT de España se declare firme defensora de los principios de la Primera Internacional sostenidos por Bakunin; y, Segundo Declara que se adhiere provisionalmente a la Internacional Comunista por el carácter revolucionario que la informa, mientras tanto la CNT de España organiza y convoca el Congreso obrero universal que acuerde y determine las bases por las que deberá regirse la verdadera Internacional de los Trabajadores.»

Del mismo modo, atendiendo a la invitación rusa, varios delegados sindicalistas asistieron al Segundo Congreso de la Komintern, que se desarrolló del 19 de julio al 7 de agosto de 1920. Pero para los «izquierdistas» presentes, el Congreso comenzó bajo auspicios poco favorables: poco antes, Lenin había publicado su famoso panfleto sobre la «enfermedad infantil»; y la víspera de la apertura del Congreso, los delegados de la izquierda comunista alemana (entre ellos, Otto Rühle) regresaron a Berlín, totalmente decepcionados por las conversaciones que habían sostenido con los dirigentes bolcheviques. Los sindicalistas alemanes contaban con un observador en la persona de Augustin Souchy, que realizaba un viaje de estudios por Rusia. De los delegados españoles, únicamente Ángel Pestaña consiguió llegar a Moscú; el delegado de la USI, Armando Borghi, llegó después de la clausura.

En cuanto a las resoluciones adoptadas por el Congreso, es sabido que no eran las más apropiadas para lograr el asentimiento de los sindicalistas revolucionarios. La relativa al papel del partido comunista en la revolución proletaria afirmaba en especial:

«La Internacional comunista repudia del modo más categórico la opinión conforme a la cual el proletariado puede llevar a cabo su revolución sin contar con un partido político propio. […] La propaganda de determinados sindicalistas revolucionarios y de los adherentes al movimiento industrialista del mundo entero (IWW) en contra de la necesidad de un partido político que se baste a sí mismo, no ha ayudado ni ayuda, hablando objetivamente, más que a la burguesía y a los social-demócratas contrarrevolucionarios. En su propaganda contra un partido comunista al que desearían reemplazar por sindicatos o por uniones obreras de formas poco definidas y excesivamente amplias, los sindicalistas y los industrialistas tienen puntos en contacto con oportunistas reconocidos. […]

El sindicalismo revolucionario y el industrialismo solo significan un paso adelante con respecto a la antigua ideología inerte y contrarrevolucionaria de la Segunda Internacional. Con respecto al marxismo revolucionario, es decir, al comunismo el sindicalismo y e l industrialismo significan un paso atrás.»

Tras haber constatado que la aparición de los soviets «no disminuye en modo alguno el papel dirigente del partido comunista» y que la opinión contraria «es profundamente errónea y reaccionaria», la resolución proseguía diciendo: «El partido comunista no sólo le es necesario a la clase obrera antes y durante la conquista del poder, sino también después de ella. La historia del partido comunista ruso, que detenta desde hace tres años el poder, muestra como el papel partido comunista, lejos de disminuir luego de la conquista del poder, se ha acrecentado considerablemente.»

Esta toma de posición parecía excluir de la Komintern a las organizaciones sindicalistas revolucionarias, pero su puerta les era abierta de nuevo, aunque bajo condiciones precisas, por el artículo 14 de los estatutos votados en el Congreso. Según éste:

«Los sindicatos que se sitúan en el terreno del comunismo y que forman grupos internacionales bajo el control del Comité ejecutivo de la Internacional comunista, constituyen una sección sindical de la Internacional comunista. Los sindicatos comunistas envían sus representantes al Congreso mundial de la Internacional comunista por intermedio del Partido comunista de su país. La sección sindical de la Internacional comunista delega a uno de sus miembros ante el Comité ejecutivo de la Internacional comunista, en el que tiene derecho a voz. El Comité ejecutivo tiene derecho a delegar, ante la sección sindical de la Internacional comunista, a un representante con derecho a voz.»

Las líneas citadas merecen que nos detengamos en ellas, pues tienen un doble alcance. Por un lado, señalan una etapa en la lucha del partido comunista ruso en pro del sometimiento total a él de los sindicatos que en Rusia trataban de defender lo que aún les quedaba de autonomía. Fue de esos sindicatos de donde surgió, a finales de 1919, la propuesta de crear una Internacional sindicalista roja, pero para los autores de la propuesta, se trataba de una organización que existiese aparte de la Komintern. Ahora bien, los dirigentes del partido no estaban en absoluto dispuestos a tolerar tal desviación de los principios centralistas, y en el Tercer Congreso de los sindicatos rusos (abril de 1920), en el que éstos anunciaron su adhesión a la Komintern, Zinoviev insistió en la subordinación de la futura Internacional sindical a la Internacional comunista.

Por otro lado, el artículo 14 de los estatutos constituía un desafío flagrante a las organizaciones sindicalistas que antes de la apertura del Congreso habían sostenido toda una serie de conversaciones con Alexander Lozovski y otros dirigentes rusos, de las que surgió, el 15 de julio de 1920, el Consejo provisional de la Internacional sindicalista roja (ISR o Profintern en ruso). En el transcurso de dichas entrevistas, se habían manifestado divergencias profundas a propósito de la «dictadura del proletariado», del control desde dentro de los sindicatos reformistas preconizado por los bolcheviques, así como de las relaciones entre la Komintern y la ISR. En lo que respecta a este último punto, estaba claro que los delegados sindicalistas revolucionarios habían expresado profundas objeciones contra todo papel dirigente de la Internacional comunista. La adopción de los estatutos les colocó ante la obligación de reconsiderar su actitud ante una agrupación internacional a la que, en principio, eran favorables.

Con tal fin, la FAUD y el NAS convocaron una conferencia sindicalista internacional, que tuvo lugar en Berlín del 16 al 21 de diciembre de 1920. Tomaron parte en ella delegados de las IWW, de cuatro organizaciones argentinas, del Comité sindicalista revolucionario (CSR, la minoría de la CGT francesa), de la FAUD (que representaba igualmente a un grupo checo), de los Shop Stewards ingleses, de la SAC y del NAS. A consecuencia de detenciones sobrevenidas, ni la CNT ni la USI lograran enviar representantes, y en cuanto a las federaciones noruega y danesa, enviaron’ mensajes de simpatía. Estuvo presente, además, un observador de los sindicatos rusos, quien se limitó a expresar dudas sobre la propia conveniencia de la conferencia, dado que el congreso constituyente de la ISR, previsto para mayo de 1921, debía discutir y decidirlo todo.

Los holandeses presentaron tesis para precisar el carácter que según ellos había que dar a la nueva Internacional. Insistían en que la organización revolucionaria de la producción y de la distribución fuese encomendada a los sindicatos y rechazaban la injerencia de los partidos políticos; la participación en el congreso de Moscú les parecía recomendable justamente para hacer incluir dichos puntos en los estatutos. Por su parte, los franceses, aleccionados por Monatte, se oponían a todo lo que podía debilitar, según su punto de vista, la unidad revolucionaria: pedían, pues, la adhesión de los sindicalistas al Profintern.

«La minoría sindicalista revolucionaria francesa —declaran—, organizada en el seno de la CGT francesa reformista, comprende anarquistas-sindicalistas, sindicalistas-revolucionarios y sindicalistas socialistas-comunistas. Estimamos que estos mismos elementos pueden entrar en la composición de la Internacional sindical de Moscú, a la que la minoría revolucionaria sindicalista francesa ha dado ya su adhesión. […J Por el momento se trata de constituir una internacional sindical capaz de actividad revolucionaria y de dejar de lado todas las cuestiones secundarias de doctrina a propósito de las cuales no podemos estar a priori de acuerdo.»

Habiendo recordado los alemanes la resolución londinense de 1913, se nombró una comisión (compuesta por el delegado de las IWW y un miembro de la FAUD y del NAS) encargada de redactar un proyecto de declaración final. Tras una amplia discusión —ausente ya la delegación francesa— se adoptó por unanimidad la siguiente declaración:

« 1. La Internacional revolucionaria del Trabajo hace suyo sin la menor punto de vista de la lucha de clases revolucionaria y del poder de la clase

2. La Internacional revolucionaria del Trabajo tiende a la destrucción y al rechazo del régimen económico, político y espiritual del sistema capitalista y del Estado. Tiende a la fundación de una sociedad comunista libre.

3. La Conferencia constata que la clase obrera únicamente puede acabar con la esclavitud económica, política y espiritual del capitalismo mediante la mas rigorosa aplicación de sus medios de poder económicos, que hallan su expresión en la acción directa revolucionaria de la clase obrera para alcanzar dicha finalidad.

4. La Internacional revolucionaria del Trabajo hace luego suyo el punto de vista de que la construcción y la organización de la producción y de la distribución competen a la organización económica de cada país.

5. La Internacional revolucionaria del Trabajo es totalmente independiente de todo partido político. En e l caso de que la Internacional revolucionaria del Trabajo se decidiese a una acción y partidos políticos u otras organizaciones se manifestasen de acuerdo con ella —o a la inversa—, la ejecución de dicha acción puede realizarse en común con tales partidos y organizaciones.

6. La Conferencia hace un llamamiento urgente a todas las organizaciones sindicalistas-revolucionarias e industriales para que participen en el congreso convocado para el 1° de mayo de 1921 en Moscú por el Consejo provisional de la Internacional roja del Trabajo, a fin de fundar una Internacional revolucionaria del Trabajo unificada de todos los trabajadores revolucionarios del mundo.»

Una Oficina de Información sindicalista internacional fue encargada de ponerse de acuerdo, a propósito de la resolución citada, con las organizaciones interesadas no representadas en la conferencia, así como de ponerse en contacto con el Consejo provisional de la ISR. La Oficina estaba compuesta por Rocker, el inglés Jack Tanner (que se encontraba en Moscú con ocasión del Segundo Congreso de la Komintern) y B. Lansink, hijo, el holandés que asumía las funciones de secretario.

De esta forma, cuando se inauguró el Primer Congreso del Profintern, casi todas las organizaciones sindicalistas revolucionarias estaban representadas en él, a excepción de la Confederação Geral do Trabalho de Portugal (CGT-P) y de la FAUD, que, aunque favorables a la creación de una Internacional sindicalista, no aceptaban la que iba a ser fundada en Moscú, sin garantías reales en lo que se refería a su independencia. El delegado de la USI no llegó a Moscú a tiempo para participar en el congreso: como en 1920, fue la Confederazione Generale del Lavoro la representante del sindicalismo italiano, y de sobra es conocido cómo fue condenada en el congreso constituyente de la ISR por haber conservado su vinculación a la Internacional de Ámsterdam.

El Congreso se desarrolló del 3 al 19 de julio de 1921. Había sido aplazado de mayo a julio para sincronizarlo con el Tercer Congreso de la Komintern, que comenzó el 22 de junio. En él, ante el sensible declinar de la revolución europea, Trotski subrayó una vez más la necesidad de una dirección revolucionaria, es decir del papel dirigente de los partidos comunistas. Había que apoderarse de las masas, como subrayó Radek, lo cual implicaba más que nunca la infiltración para controlar los sindicatos reformistas. Zinoviev, por su parte, dedicó gran parte de su informe sobre la cuestión sindical a los sindicalistas, en los cuales distinguía tres corrientes: el reformismo en quiebra, a lo Jouhaux; los sindicalistas alemanes y suecos, a los que criticó acerbamente; y la tendencia representada por la minoría sindicalista revolucionaria francesa. Se invitaba a estos últimos elementos a rechazar la neutralidad en materia política que los condenaba a ser, en la lucha decisiva, «objetivamente un factor contrarrevolucionario»; su puesto estaba en la Internacional sindicalista roja. En cuanto a ésta, por razones tácticas, debería gozar temporalmente de cierta independencia con respecto a la Komintern, la cual, entretanto no se hubiesen fusionado ambas organizaciones, conservaría, empero, la dirección política.

Zinoviev pronunció su discurso el mismo día en que comenzaba el Congreso del Profintern. Antes de referirnos a sus resultados, convradrá abrir un paréntesis para explicar el contexto en que se desarrollaron los debates.

Ya a raíz del Segundo Congreso de la Internacional comunista, anarcosindicalistas rusos habían mantenido conversaciones con algunos delegados extranjeros, Souchy, Pestaña, Borghi y Lepetit, especialmente, para ponerlos al corriente de las persecuciones de que eran víctimas los movimientos anarquista y sindicalista. Habiendo aumentado la represión tras la marcha de los delegados, los dirigentes anarcosindicalistas Grigori Maksimov, Effim Jarchuk y Serguei Markus trataron de hacer llegar una protesta a la Komintern, por intermedio de Rosmer. Durante las discusiones, en noviembre de 1920, varios miembros de la organización anarquista Nabat fueron detenidos y encarcelados en Moscú, entre ellos Volin y Mark Mrachni. Pocos días después del estallido de la insurrección de Cronstadt, cuando el X Congreso del partido comunista ruso emprendió la liquidación de los últimos vestigios de oposición en su interior (8 de marzo de 1921), se Ies unieron en la cárcel Maksimov y Jarchuk.

Cuando comenzó el congreso constituyente del Profintern, los detenidos decidieron declararse en huelga de hambre. Para apoyarlos. Aleksander Berkman, Emma Goldman y Aleksander Shapiro reunieron a cierto número de delegados sindicalistas para que éstos dieran cuenta de los hechos en las sesiones del Congreso. Fue entonces cuando se desarrollaron en secreto, largas conversaciones, en las que tomaron parte Yerzinski y Lenin, que desembocaron en un compromiso: el 12 de julio, Trotski firmaba un documento por el que se ponía en libertad y se expulsaba a los anarquistas, a cambio de lo cual no se plantearía en las discusiones del congreso el sino del movimiento libertario.

Pero, paradójicamente, fue Bujarin quien, poco antes de la clausura del Congreso, volvió a plantear el asunto: sin duda, para atenuar las impresiones de los delegados sindicalistas europeos. Intentó hacer una distinción entre el anarquismo ruso, de carácter criminal, y el de los países occidentales, y el delegado francés Sirolle topó con muchas dificultades para conseguir que constase su refutación de semejante calumnia. El incidente, ya público, puso de relieve la curiosa naturaleza de una política que pretendía conseguir la cooperación de los sindicalistas en el extranjero, al tiempo que los encarcelaba en el interior.

Entretanto, Rosmer —con Tom Mann, el más conocido de los sindicalistas convertidos al bolchevismo— había tratado de convencer a los sindicalistas revolucionarios presentes de que la estrecha conexión entre la Komintern y el Profintern no cabía interpretarla como una sumisión de éste a aquélla. No puede decirse que lo lograra, pero el Congreso votó por mayoría los estatutos de la ISR, que decían:

« Artículo XI. [La ligazón con la Internacional comunista.] Para establecer vínculos sólidos entre la ISR y la III Internacional comunista, el Consejo central:

1. Envía al Comité ejecutivo de la III Internacional tres representantes con derecho a voz.

2. Organiza sesiones comunes con el Comité ejecutivo de la III Internacional para la discusión de las cuestiones más importantes del movimiento obrero internacional y la organización de acciones comunes.

3. Cuando lo exige la situación, lanza proclamas de conformidad con la Internacional comunista.»

Se observará que este texto indicaba un paso atrás de los dirigentes rusos: no se habla en él de la dirección política o ideológica de la Komintern. Este retroceso fue impuesto por sindicalistas que, partidarios de la nueva agrupación, apuntaban a hacer posible la adhesión de sus organizaciones respectivas eliminando las dudas que persistían en ellas. Tal era el caso, en primer lugar, de algunos franceses, que topaban con tendencias opuestas en el Comité sindicalista revolucionario. Los delegados holandeses —todos ellos ex anarquistas grandemente impresionados por la revolución rusa— se hallaban en una situación similar en el seno del NAS, en el que comenzaban a disociarse tendencias procomunista y sindicalista. Los delegados españoles (entre ellos, Andreu Nin, el futuro secretario del Profintern) también intentaron conseguir la mayor independencia posible para convencer a la mayoría de la CNT —inútilmente, como es sabido, pues ésta iba a considerar sus mandatos no válidos (logrados en una conferencia no representativa) y a desautorizar la adhesión que habían dado al Profintern.

Pues bien, las concesiones, a fin de cuentas formales, surgidas de los debates no bastaron para reabsorber a la oposición. En su muy crítica reseña, George Williams, el delegado de las IWW, ha narrado cómo los sindicalistas revolucionarios llegaron a sostener conferencias aparte, durante las últimas sesiones del congreso y en los días siguientes para considerar la formación de una oposición coherente en la ISR . Se trataba del inicio de un proceso en el curso del cual muchos de esos delegados se separarían del Profintern y condenarían su táctica.

Nos hemos abstenido de analizar en esta ocasión los debates sobre el programa de la ISR. Apenas añadirían algo a los puntos de vista expresados anteriormente por los protagonistas, con ocasión del Segundo Congreso de la Komintern; y, además, la aplastante mayoría de los rusos excluía cualquier sorpresa. Más aun, la Profintern resumía en realidad todo el problema pues el papel dirigente atribuido a la Internacional comunista implicaría, y todos eran conscientes de ello, la adopción de su línea política. Finalmente, la adhesión al Profintern dejaba de ser un asunto que ataña simplemente a la organización internacional del sindicalismo; se convertía cada vez más en una cuestión que determinaba la actitud a adoptar con respecto al régimen ruso.

Desde un principio, no habían faltado las criticas anarquistas del bolchevismo, en especial las de Dómela Nieuwenhuis en Holanda y de Rocker en Alemania. En julio de 1919, Malatesta escribía:

“Lenin, Trotsky y sus camaradas son seguramente revolucionarios sinceros, tal como elles entienden la revolución y no traicionaran; pero preparan los marcos gubernamentales que servirán a quienes vendrán a continuación para aprovecharse de la revolución y asesinarla. Ellos serán las primeras víctimas de sus métodos y temos mucho que con ellos se hunda también la revolución. La historia se repite: mutatis mutandis, se trata de la dictadura de Robespierre que llevó a Robespierre a la guillotina y abrió e l camino a Napoleón.»

Pero es fundamentalmente en 1921 cuando los anarquistas y anarcosindicalistas rusos exilados o refugiados pueden hacerse oír fuera de Rusia. Ellos serán quienes a partir de entonces, apoyados sobre todo por Rocker y la FAUD, contribuirán de modo decisivo a la toma de conciencia de los sindicalistas revolucionarios y a la fundación de la Internacional de Berlín.

En octubre de 1921, la FAUD celebra su 13° Congreso, en Düsseldorf y aprovechó la ocasión para organizar una conferencia con los delegados extranjeros presentes. Estos constataron que la ISR no represen a la Internacional sindicalista tal como se la planteaban, y pidieron que se convocarse un nuevo congreso sindicalista internacional, sobre la base de la declaración berlinesa de diciembre de 1920 (menos, claro está, su último párrafo). Los asistentes a la conferencia procedían de organizaciones de Alemania, Suecia, Checoslovaquia, Holanda y los Estados Unidos. En lo que respecta a los delegados de esos dos últimos países, es poco probable que poseyeran mandatos para adoptar tal decisión. Recordemos, pues, brevemente la situación de los distintos movimientos

Entre las organizaciones presentes en Moscú en el verano de 1921, las IWW, la Federación Regional Obrera Argentina, la Federación Regional Obrera del Uruguay, los sindicalistas de los países escandinavos, la USI y la CNT decidieron alternativamente no adherirse a la ISR. Como ya hemos dicho, la FAUD y la CGT portuguesa habían renunciado a hacerse representar. Únicamente en Francia y en Holanda, pues, seguía siendo compleja la situación. Aparte de en esos países, los sindicalistas revolucionarios rechazaron por doquier masivamente al Profintern; ahora se trataba de reunirlos.

Vista su situación especial, los franceses y holandeses sólo jugaron un papel limitado en la unificación. En Francia, la escisión de la CGT francesa resulta inevitable desde finales del año 1921. En junio de 1922, en el Congreso de Saint-Etienne, se constituye la CGT-Unitaria (CGTU), formada por una mayoría procomunista y una minoría sindicalista. Desde sus comienzos, la unidad de la nueva CGTU es precaria; para mantenerla, el Segundo Congreso del Profintern se verá obligado a proclamar abiertamente su independencia con respecto a la Komintern, y es gracias a estas condiciones como podrá adherirse la CGTU a la ISR, en el Congreso de Bourges de noviembre de 1923. En los años siguientes, los sindicalistas revolucionarios abandonarán poco a poco la CGTU, pero hasta noviembre de 1926, bajo la égida de la AIT de Berlín, no decidirán fundar una organización aparte, la tercera CGT francesa, la CGT sindicalista-revolucionaria (CGTSR).

En Holanda, después del congreso constituyente del Profintern, el NAS se halla cada vez más dividido. Un referéndum entre sus miembros rechaza a mediados de 1922 la afiliación a la ISR, pero las antedichas resoluciones del Segundo Congreso del Profintern vuelven a plantear la cuestión, y la mayoría del Comité holandés decide no participar en el congreso constituyente de la AIT más que para impedir la fundación de ésta, apelando a la unidad del movimiento sindicalista. En 1923, el congreso del NAS y un nuevo referéndum confirman esta tendencia: vence el Profintern y se separa la minoría, para crear en junio el Nederlands Syndicalistisch Vakverhond (NSV), que se adhiere a la AIT de Berlín.

El NAS, por su parte, no se afilia finalmente a la ISR hasta diciembre de 1925, abandonándola de nuevo en 1927, cuando las divergencias entre sus dirigentes y el partido comunista holandés desemboquen en la ruptura.

El Congreso sindicalista internacional decidido en octubre de 1921 no fue en un principio más que una conferencia, que tuvo lugar en Berlín del 16 al 18 de junio de 1922. Tomaron parte en ella delegados de la CGTU, de la FAUD, de la SAC y de los sindicalistas noruegos, de la USI, de la Minoría sindicalista-revolucionaria rusa (representada por Mrachni y Shapiro) y de la CNT. Los españoles no llegaron hasta e l último día.

Estaba igualmente presente un observador de la Unión de los marinos, del NAS, en tanto que las IWW, la CGT portuguesa y los sindicalistas daneses habían enviado mensajes. También había un observador de los sindicatos rusos.

Este último llegó justamente cuando la conferencia discutía una resolución que condenaba severamente al gobierno ruso por sus persecuciones de anarquistas y-sindicalistas revolucionarios y reprochaba a la Komintern y a la ISR su silencio ante tal represión. La llegada del delegado bolchevique hizo que Mrachni pronunciase las siguientes palabras:

«A esos caballeros que se presentan aquí en calidad de delegados de los sindicatos rojos de Rusia —y si son rojos, lo son por la sangre de los obreros y campesinos que siguen derramando para conservar su poder — los consideramos como representantes del gobierno ruso, de la Cheka — de la que persigue y detiene a los obreros revolucionarios, de los mismos que nos han detenido y expulsados.  La ruptura de los delegados presentes con Moscú era, pues, tan evidente como clara y la delegación rusa se apresuró a abandonar la conferencia.

Las principales tareas que abordó la conferencia incluían la discusión de los principios y de la táctica del sindicalismo revolucionario, así como la definición de la actitud a adoptar con respecto a la ISR. Sobre el primer punto adoptó una moción de Rocker, compuesta por diez párrafos, en la que éste precisaba el carácter del sindicalismo revolucionario. Este texto, seis meses después, se convertiría en la declaración de principios de la Asociación International de los Trabajadores.

Rocker definió en el, resumiéndolo, el sindicalismo revolucionario:

El sindicalismo revolucionario, basándose en la lucha de clases, tiende a la unión de todos los trabajadores dentro de organizaciones económicas y de combate, que luchen por la liberación del doble yugo del trabajo asalariado y de la opresión del  Estado. Su finalidad consiste en la reorganización de la vida social sobre la base del comunismo libre, por medio de la acción revolucionaria de la propia clase obrera. Considera que únicamente las organizaciones económicas del proletariado son capaces de alcanzar tal finalidad y, por consiguiente, se dirige a los trabajadores en su calidad de productores, de creadores de riquezas sociales, en oposición a los partidos políticos obreros modernos, que no pueden ser considerados nunca desde el punto de vista de la reorganización económica.

El sindicalismo revolucionario es enemigo declarado de todo monopolio económico y social, y tiende a su abolición mediante comunas económicas y de órganos administrativos de los obreros rurales y fabriles sobre la base de un sistema libre de Consejos liberados de toda subordinación q cualquier poder o partido político. Contra la política del Estado y de los partidos, erige la organización económica del trabajo; contra el gobierno del hombre, la gestión de las cosas. No tiene, por consiguiente, como finalidad la conquista de los poderes políticos, sino la abolición de toda función estatal en la vida social. Considera que con el monopolio de la propiedad debe también desaparecer el monopolio del dominio y que cualquier otra forma de Estado, incluida la de la ‘Dictadura del Proletariado’, no podrá ser jamás instrumento de liberación, sino creadora de nuevos monopolios y de nuevos privilegios.”

La declaración precisa, por último:

Solo en las organizaciones económicas revolucionarias de la clase obrera se hallan la forma capaz de realizar su liberación y la energía creadora necesaria para la reorganización de la sociedad a base del comunismo libre”.

Más adelante volveremos sobre la importancia de este documento, que concreta en términos sucintos el paso del sindicalismo revolucionario al anarcosindicalismo.

En cuanto al Profintern, la opinión generalizada en la conferencia —a excepción, empero, de la delegación francesa que, a la espera de las decisiones del Congreso de Saint-Etienne, se abstuvo de intervenir— fue expresada por Aleksander Shapiro:

«O bien —declaró— plantearemos condiciones elementales [a nuestra adhesión] que aceptará gustosa la ISR, y en tal caso, nada más adheridos, advertiremos que estamos atados de pies y manos; o bien planteáremos condiciones tan rigurosas que serán inaceptables para la ISR. En el primer caso, se trataría, ora de traicionar al sindicalismo revolucionario, ora de preparamos a abandonar al cabo de poco la ISR, como ha ocurrido con España e Italia. En el segundo caso, obraríamos como demagogos, y no podemos permitimos nunca ese lujo bolchevique. Por lo tanto, aquí en la Conferencia debemos limitamos a sentar las bases de una organización internacional sindicalista, o al menos a hacer los preparativos necesarios para organizar tal Internacional, y dejar a los rusos que decidan si están o no de acuerdo con nuestros principios. Consideramos la representación de los sindicalistas en el Segundo Congreso de la ISR ilusoria e incluso peligrosa. Nuestro deber es organizar nuestro congreso e invitar a é l a los rusos —los únicos a cuyo propósito se da un conflicto.»

Por su parte, Rocker precisó: «Ya es hora de preguntarse a quiénes representa la ISR: Mientras no tenga posibilidad de acaparar a los sindicalistas, fuera de Rusia no contará más que con Bujara, Palestina y puede que el Kamchatka.»

En consecuencia, la conferencia votó una resolución que afirmaba que el Profintern «no representa, en sí mismo, ni desde el punto de vista de los principios, ni desde el de los estatutos, una organización internacional capaz de aunar al proletariado mundial en un único organismo de lucha», y decidió nombrar una Oficina provisional encargada de convocar, en Berlín en noviembre de 1922, un congreso internacional de sindicalistas revolucionarios. Entraron a formar parte de la Oficina Rudolf Rocker, Armando Borghi, Ángel Pestaña, Albert Jensen y Aleksander Shapiro.

A partir de entonces, los acontecimientos se desarrollaron rápidamente: el congreso, aplazado a varias semanas después hasta conocer los resultados del Segundo Congreso de la ISR, se celebró del 25 de diciembre de 1922 al 2 de enero de 1923. Enviaron delegados (o adhesiones escritas) las centrales sindicalistas revolucionarias de los siguientes países: Alemania, Argentina, Chile, Dinamarca, España, Italia, México, Noruega, Portugal, Suecia, Checoslovaquia. Los comunistas consejistas alemanes de la Allgemeine Arbeiter Union (Einheitsorganisation) (AAU-E) estaban representados por Franz Pfemfert. Hubo observadores franceses, en especial del Comité de Defensa sindicalista que se había constituido en el seno de la CGTU. El NAS holandés desempeñó el papel a que ya nos hemos referido, y de Rusia no hubo, claro está, más que una representación de la Minoría anarcosindicalista.

El congreso confirmó totalmente las decisiones adoptadas en la coherencia de junio de 1922. La modificación de los estatutos del Profintern, obtenida en Moscú por la CGTU, fue considerada «engaño» que no aportaba ningún argumento en contra de la fundación de la Asociación internacional de Trabajadores. La introducciori a los estatutos de la nueva Internacional, que precedía a los «Principios del sindicalismo revolucionario» redactados por Rocker para la conferencia de junio, caracterizaba brevemente las Internacionales de Amsterdam y de Moscú:

« La Internacional de Ámsterdam, perdida en el reformismo, considera que la única solución al problema social reside en la colaboración de clases, en la cohabitación del Trabajo y del Capital y en la revolución pacientemente esperada y realizada, sin violencia ni lucha, con el consentimiento y la aprobación de la burguesía.

La Internacional de Moscú, por su parte, considera que el partido comunista es el árbitro supremo de toda revolución, y que sólo bajó la férula de ese partido podrán desencadenarse y llevarse a cabo las futuras revoluciones. Es de deplorar que en las filas del proletariado revolucionario consciente y organizado persistan todavía tendencias que apoyan algo, que, tanto en la teoría como en la práctica, no podía sostenerse ya en pie: la organización del Estado, es decir, la organización de la esclavitud, del trabajo asalariado, de la policía, del ejército,  del yugo político – en una palabra, de la así llamada dictadura del proletariado que no puede ser otra cosa que un freno a la fuerza expropiadora directa y una supresión de la soberanía real de la clase obrera, y que con ello se convierte en la férrea dictadura de una pandilla política sobre el proletariado.»

El nombre dado a la nueva organización, Asociación Internacional de Trabajadores, aludía evidentemente al de la Primera Internacional, de la que, en efecto, la Internacional de Berlín se consideraba continuadora, y muy especialmente de su ala bakuninista. Puede que en ello hubiese algo más de realidad que cuando James Guillaume observaba en 1910: « ¿Qué otra cosa es la CGT francesa sino la continuación de la Internacional ?»  Pero para dilucidarlo habría que hacer un informe aparte Bakunin y la Primera Internacional. En todo caso, cabe suscribir opinión si se asimila la tendencia bakuninista en la grandes organizaciones española e italiana, basadas en los principios deI colectivismo federalista bakuniano .

La única gran organización cuya ausencia de Berlín puede suscitar asombro, son las IWW norteamericanas. Fundadas en Chicago en 1905, las IWW eran una verdadera organización sindicalista revolucionaria, que rechazaba la injerencia de los partidos políticos y preveía —como la Carta de Amiens— que las instituciones de la sociedad futura surgirían de las actuales organizaciones económicas de la clase obrera. A la organización sindical de la American Federation of Labor, las IWW oponían su organización industrial. Si no ingresaron en la AIT, la razón de ello hay que buscarla, una vez más, en que se consideraban a sí mismas una Internacional. Aunque efectivamente hubiese organizaciones de las IWW en Inglaterra, Australia, México, Argentina y Chile, su carácter internacional se basaba sobre todo en que englobaban a miembros de todas las nacionalidades en los Estados Unidos. Pero las IWW de Chile no vieron ningún inconveniente en adherirse a la AIT.

En resumen, que la Internacional de Berlín había logrado contrarrestar la actividad de Moscú, cuyo sentido resumía en 1930 de la manera siguiente un representante suyo calificado, el secretario general permanente de la ISR, Lozovski: «Desde la fundación del Profintern —escribe— toda la actividad de sus secciones consiste en impulsar la política comunista en el movimiento sindical, conquistar a las masas para los partidos comunistas y la Komintern, y ampliar la influencia de las ideas comunistas cada vez entre más capas obreras. Tal es la razón del nacimiento de la ISR; tal es la actividad que durante los diez años de su existencia ha llevado a cabo la ISR.»  Difícil expresarlo mejor.

Si se examina todo el proceso que, de 1913 a 1922, precedió al nacimiento de la Asociación internacional de Trabajadores, se advierte que la fundación de una Internacional sindicalista se derivaba de una interpretación nueva del sindicalismo revolucionario. La situación creada por la guerra y por el periodo revolucionario posterior, por un lado habían retrasado de alguna manera la fundación de una organización internacional y, por otro, habían modificado el contenido teórico que iban a conferirle sus adherentes.

Es a este respecto en lo que el anarcosindicalismo preconizado por la Internacional de Berlín se distinguirá del sindicalismo revolucionario, al tiempo que, en cierto modo, es su prolongación natural. El anarcosindicalismo ha adquirido la convicción de que el sindicalismo no puede ser neutral en materia política, tal como propugna la Carta de Amiens.

A este propósito, los anarcosindicalistas podrán suscribir incluso lo que escribía Trotski el 13 de julio de 1921 a Monatte:

«Nuevas cuestiones inmensas se nos han planteado… La Carta de Amiens no Ies da respuesta. Cuando leo La Vie ouvrière, tampoco encuentro en ella respuesta a las interrogantes fundamentales de la lucha revolucionaria. ¿Es posible que, en 1921 tengamos que volver a las posiciones de 1906 y reconstruir el sindicalismo de anteguerra?… Esta posición amorfa resulta conservadora, puede volverse reaccionaria.»

Ni que decir tiene que el anarcosindicalismo extraía de la situación conclusiones diametralmente opuestas. Para él, el proceso de los años 1914-1921 había mostrado la necesidad de sustituir la neutralidad política del sindicalismo por una lucha activa contra los partidos políticos, cuya finalidad constante es apoderarse del poder estatal, no destruirlo.

Si el sindicalismo quiere la abolición del Estado, debe igualmente querer la desaparición de os partidos políticos y del parlamentarismo.

El anarcosindicalismo constituye al mismo tiempo una prolongación del anarquismo. Ya la CGT francesa había estado bajo la influencia de los anarquistas —y en primer lugar de Ferdinand Pelloutier— que la habían impregnado de espíritu antiautoritario, antimilitarista, antipatriótico. El carácter autónomo, apolítico, aparlamentario de dicha CGT francesa había hallado siempre en los anarquistas unos defensores a ultranza, y basta recordar los nombres de un Pouget o de un Delesalle para mostrar la importación de la aportación anarquista al sindicalismo revolucionario anterior a la primera guerra mundial.

Un año después de la adopción de la Carta d’Amiens, el sindicalismo revolucionario fue el tema principal de discusiones en el Congreso anarquista internacional celebrado en Ámsterdam en 1907, y fue allí donde tuvo lugar el famoso debate que enfrento a Monatte y Errico Malatesta. Este último, como se sabe, no era en absoluto contrario a que los anarquistas entrasen en los sindicatos, todo lo contrario. Como Kropotkin, Malatesta siempre aprobó tal línea de conducto. Pero rechazaba la opinión expresada en la Carta de Amiens de que el sindicalismo se basta a sí mismo. Desde e l punto de vista anarquista, para Malatesta eso era confundir las finalidades con los medios.

Pero, en realidad, el problema esencial que plantea la Carta de Amiens no e s ése. La Carta comprende dos puntos fundamentales: la lucha contra el capitalismo mediante la acción directa y la concepción que hace de los sindicatos los organismos que prefiguran el futuro. Ahora bien, ambos puntos resultan totalmente incompatibles con las finalidades y la táctica de los partidos políticos. Pero la que en último término conducía a negar pura, y simplemente la existencia de tales partidos, engendraba una profunda contradicción en la misma base del programa cegetista -contradicción que cada vez será más manifiesta cuando la CGT francesa se transforme en campo de batalla de las distintas tendencias políticas y acabe, en 1914, por abandonar sus posiciones antimilitarista y antipatriótica.

Por si a una importante fracción de los anarquistas le hubiesen quedado dudas en lo que se refería a la neutralidad política de los sindicatos, la revolución rusa las había disipado completamente. Hay que reconocer que antes de 1917 los anarquistas en general se habían preocupado poco por los problemas económicos concretos que iba a plantear la revolución; pues bien, los acontecimientos de Rusia llevaron a parte de ellos a la conclusión que más adelante expresaría Mark Mrachni: «Hemos perdido mucho tiempo buscando nuestra propia organización, en tanto que los intereses fundamentales de la Revolución exigían la organización de las masas obreras. »

A los anarquistas rusos no Ies quedó más remedio que advertir la importancia de ese problema por la aplicación de lo que la resolución inicial del Consejo provisional de la ISR denominaba el «medio decisivo y, transitorio de la dictadura del proletariado». Frente a la dictadura del partido comunista ruso, los anarcosindicalistas defendieron concepciones que a continuación vamos a tratar de resumir.

Nadie ha pensado nunca, decían, que tras una revolución social, es decir, tras una revolución expropiadora y antiestatista, se instauraría de inmediato una sociedad comunista libre. Serán inevitables periodos de transición —pero tales periodos de transición no deben degenerar en sistema, un sistema que diría ser provisional al tiempo que se va consolidando.

Los periodos transitorios deben seguir el camino indicado por los principios fundamentales que la propia revolución ha proclamado en su fase de destrucción y de reconstrucción. Lo que imparta es que los actos posrevolucionarios tiendan a aproximarse cada vez más a los principios directivos del federalismo antiautoritario, del colectivismo.

Para los anarcosindicalistas rusos, había que sacar las consecuencias de todo ello. Sólo existe un terreno en el que basar la preparación práctica de la revolución: el de la organización de los trabajadores, no para explotar tal organización en beneficio de su agrupación ideológica, sino para hacerla capaz de sostener la lucha en la dirección que los anarquistas consideran que es la única susceptible de llevar a una sociedad libertaria. Y puesto que los anarquistas se niegan a dirigir a los trabajadores, ya que no quieren convertirse en un partido político, les queda un papel que desempeñar: cooperar con los trabajadores para que éstos puedan dirigirse a sí mismos y administrar en común la vida económica, política y social del país.

El análisis de los anarcosindicalistas no fue aceptado por todos los anarquistas rusos. Quizás sea mejor decir sus conclusiones, pues la famosa “Plataforma de organización” de la Unión general de anarquistas, publicada en 1926 por un grupo de anarquistas emigrados en París, realiza también la crítica de un anarquismo que se abstiene o incluso se niega a considerar concretamente los problemas de la revolución.

Este grupo cuyo portavoz más conocido fue Piotr Archinov, pero que también incluía a Néstor Majno, llega a la conclusión de que hay que crear una dirección anarquista de la revolución. La Plataforma dice: «Toda la Unión será responsable de la actividad revolucionaria y política de cada miembro, cada miembro será responsable de la actividad revolucionaria y política de toda la Unión.» Lo que preconiza es un partido anarquista.

Criticando esta manera de ver las cosas, Malatesta defendió de nuevo la opinión que ya había expresado en el Congreso anarquista de 1907 de que los anarquistas deben estar presentes en las organizaciones de los trabajadores, pero no para dirigirlas sino para influir en ellas en un sentido libertario. El anarcosindicalismo iba aún más lejos en su crítica del «plataformismo». Para él, ninguna organización ideológica – sea partido político o grupo anarquista— puede asumir la tarea de preparar la revolución social de la clase obrera; y ésta deberá combatir todo intento de acaparar esas organizaciones autónomas, aun para fines decididamente libertarios. Los anarquistas pueden perfectamente organizarse fuera del movimiento obrero, pero éste debe seguir siendo el centro natural de sus esfuerzos.

Se ha hablado de las diferentes corrientes que ha conocido la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), es decir, el sindicalismo revolucionario puro y algo estatizante de la tendencia de Ángel Pestaña, o el movimiento específicamente español y muy predominante de los anarquistas, digamos más bien de la FAI, pues había otros anarquistas . Yo me a referir más bien a esos otros anarquistas, que representaban una tercera tendencia, menos espectacular, pero a la que pertenecerá anarquistas —no afiliados a la FAI— que militaban en la CNT y en primera fila, sea como oradores de talento o como redactores de los órganos de la CNT: Solidaridad Obrera en Barcelona, el periódico CNT de Madrid —hombres como Eusebio Carbó y Vale Orobon Fernández que formaban parte, ambos, del secretariado de la AIT y defiendian los principios y la táctica anarcosindicalista que esta preconizaba.

En este contexto, recordaré que en 1932 el anarcosindicalista ruso Aleksander Shapiro viajó a España encargado por el I la AIT de estudiar las diversas corrientes de la CNT. Su informe, muy denso y confidencial, fue presentado y discutido en la conferencia de la AIT de abril de 1933, en Ámsterdam, en la cual se decidió trasladar la Oficina de la AIT, hasta entonces en Berlín, a España.

El informe de Shapiro es un documento de gran valor, en razón del análisis profundo y crítico que hace de las relaciones entre la FAI y la CNT y en el interior mismo de esta —documento tanto más histórico en la medida en que sus conclusiones fueron confirmadas por los acontecimientos de 1936 .

«Los ’plataformistas’ —escribía en 1931 Aleksander Shapiro—, partidarios de un partido anarquista, con todo lo que eso implica […] y que protestan contra la petrificación del anarquismo y el ‘cocerse en su propia salsa’, han caído […] en la tendencia del bolchevismo triunfante, cuya táctica, métodos de lucha y formas de organización han adoptado. Sin advertirlo, han sacrificado a Bakunin, e igualmente a Kropotkin.

Rechazando tanto las ideas infantiles e ingenuas sobre la revolución social como la bolchevización de Bakunin y de Kropotkin, el anarcosindicalismo prefiere cooperar en la creación de un movimiento capaz de asumir las responsabilidades de una era nueva.

El anarcosindicalismo es la Asociación internacional de Trabajadores, que no limita sus actividades a la lucha cotidiana en pro de mejoras de detalle, sino que pone en primer lugar, como tan acertadamente dijo Kropotkin, la cuestión de la reconstrucción de la sociedad.» 

De prestar crédito a las apariencias, bien pronto tendremos ocasión de oír hablar de nuevo del movimiento anarcosindicalista. La ideología del socialismo libertario de inspiración bakuniniana ha hallado siempre en España su mayor resonancia. En ella se había desarrollado la mayor, la más eficaz y mejor organizada de todas las federaciones de la Primera Internacional, así como de las federaciones de la Internacional anarcosindicalista.

Después de 38 años de persecuciones e ilegalidad, la CNT, y con ella el anarcosindicalismo, ha afirmado de nuevo su presencia.

Traducción de José Martín

Primera publicación : Ruedo Iberico, numero 58-60, julio-diciembre 1977

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